jueves, 3 de febrero de 2011

Cuantos libros proféticos contiene la Biblia?

Antes de hablar sobre los profetas, es necesario aclarar lo siguiente:

¿Qué es el Profetismo?

Las grandes religiones de la antigüedad tuvieron hombres inspirados que afirmaban hablar en nombre de su dios. Prescindiendo de los testimonios extra bíblicos, la Biblia narra la actividad profética de Balaam, arameo (Nm 22-24) y de los 450 profetas de Baal convocados por Jezabel de Tiro (1Re 18, 19-40). Aparecen grupos extáticos turbulentos (cf. 1Re 22, 5-12) que pretenden hablar en nombre Yahveh. En torno a las grandes figuras de Samuel (1Sa 10, 5; 19, 20), Elías (1Re 18, 4) y Eliseo (2Re 2, 3-18; 4, 38, etc.) aparecen las hermandades proféticas, reconocidas dentro del yahvismo, y que actuaban en trance extático provocado por la música y la danza (cf. 1Sa 10, 5).
El profeta es llamado nabi; el llamado, o el que anuncia. El profeta es un mensajero y un intérprete de la palabra divina. Así lo expresan claramente los dos pasajes paralelos de Ex 4, 15-16; 7, 1: cf. También Jr 1, 9. Los profetas tienen conciencia del origen divino de su mensaje, lo presentan diciendo: “Así dice Yahveh” o “Palabra de Yahveh”, o bien “oráculo de Yahveh”.
Esta palabra que les llega es más fuerte que ellos y no la pueden acallar (Am 3, 8; Jr 20, 7-9). El llamamiento de Dios fue irresistible (Am 7, 15; Is 6; Jr 1, 4-10) y convirtió toda o parte de la vida profética en profecía viva (Os 1-3; Is 8, 18; 20, 3; Jr 16; Ez 4, 3; 12, 6.11; 24, 24).
Este mensaje divino llega al profeta de muchas maneras: en visión (Is 6, 1; Ez 1; 2, 8; Dan 8-12; Za 1-6); por audición, o la mayoría de las veces, por inspiración interior, ya de improviso, ya con ocasión de una circunstancia trivial (Jr 1, 11; 18, 1-4; 24) El profeta, a su vez, transmite el mensaje en formas igualmente variadas: en fragmentos líricos o relatos en prosa, en parábola o en estilo oracular, etc.
Esta variedad en la recepción y expresión del mensaje depende en gran parte del temperamento personal y de las dotes naturales de cada profeta, pero encubre una identidad fundamental: todo verdadero profeta tiene viva conciencia de no ser más que un instrumento, de que las palabras que profiere son y no son suyas a la vez. Tiene la convicción inquebrantable de que ha recibido una palabra de Dios y que debe comunicarla.
Fuera de unos casos aislados, el mensaje profético se dirige no a un individuo, sino a todo un pueblo, al que es enviado (Am 7, 15; Is 6, 9) o a todos los pueblos (Jr 1, 10). Y atañe al presente y al futuro. El profeta es enviado a sus contemporáneos, les trasmite los deseos divinos. Pero, en cuanto es intérprete de dios, se halla por encima del tiempo, y sus “predicciones” vienen a confirmar y prolongar sus “predicciones”.

El profeta está seguro de hablar en nombre de Dios. Pero ¿cómo reconocerán sus oyentes que es profeta auténtico? Hay dos criterios, se la Biblia: el cumplimiento de la profecía (Jr 28; 9; Dt 18, 22), y la conformidad de la enseñanza con la doctrina yahvista (Jr 23, 22; Dt 13, 2-6)
Resumiendo: el profeta es un hombre que tiene una experiencia inmediata de Dios, que ha recibido la revelación de su santidad y de sus deseos, que juzga el presente y ve el futuro a la luz de Dios y que es enviado por Dios para recordar a los hombres sus exigencias y llevarlos por la senda de la obediencia y de su amor.

¿Qué se conoce como movimiento profético?

La Biblia pone a Moisés a la cabeza del linaje de los profetas (Dt 18, 15.18) y le considera como el mayor de todos (Nm 12, 6-8; Dt 34, 10-12) En la época de los Jueces aparecen la profetisa Débora (Jc 4-5) y un profeta anónimo (Jc 6,8); luego surge la gran figura de Samuel, profeta y vidente (1Sa 3, 20; 9,9; Cf. 2Cro 35,18); Gad; Natán, Elías y Eliseo, etc. A la mayoría de estos profetas se los conoce solamente por alusiones. Sin embargo, las figuras de Natán, Elías y Eliseo ocupan un puesto de gran relieve en la historia de su tiempo y los datos que de ella traen los libros históricos son más abundantes.

De los profetas canónicos se tiene más completa información. Intervienen en periodos de crisis que preceden o acompañan a los momentos capitales de la historia nacional; la amenaza asiria y la ruina del reino del Norte, la ruina del Reino de Judá y la salida para el destierro, el fin del destierro y el regreso. El gran movimiento profético se inicia a mediados del siglo VIII con Amós y dura hasta el Destierro: menos de dos siglos, dominados por las extraordinarias personalidades de Isaías, Jeremías, y en los cuales que situar a Oseas, Miqueas, Nahúm, Sofonías y Habacuc. Ezequiel es el profeta del Destierro, que inicia una literatura apocalíptica.

Junto a él el autor de Is 40-55 que perpetúa la gran corriente isaiánica. Los profetas de la vuelta del Destierro, Ageo y Zacarías, tienen un horizonte más limitado: la restauración del Templo. Malaquías subraya los efectos de la nueva comunidad. La vena apocalíptica iniciada por Ezequiel se continúa en Joel y en la segunda parte de Zacarías, e invade el libro de Daniel, donde las visiones del pasado y del futuro se conjugan en un cuadro extratemporal de la destrucción del mal y del advenimiento del Reino de Dios.

En este momento la gran inspiración profética parece agotada, se apela a “los profetas de antaño” (Dn 9, 6.10) y Zac 13, 2-6 prevé la desaparición de la institución profética. Pero Jl 3, 1-5 anuncia una efusión del Espíritu en los tiempos mesiánicos, que se realizará en Pentecostés, según Hch 2, 16s.

¿Cuál es la doctrina de los profetas

Los profetas no sólo han mantenido y guiado al pueblo por la senda del yahvismo auténtico, sino que han sido los órganos principales del programa de la Revelación. entre las enseñanzas que ofrecen se puede resaltar:

El monoteísmo

La Revelación del Dios del Sinaí había sido vinculada a la elección del pueblo y a la Alianza y en consecuencia Yahveh aparece como el Dios propio de Israel, vinculado a la tierra y a los santuarios de Israel. Pero además Yahveh dirige los destinos de los demás pueblos, Am 9, 7 les otorga y les retira el poder, Jr 27, 5-8 les toma como instrumentos de su venganza Am 6, 11; etc.

Yahveh es el dueño de toda la tierra no deja sitio para otros dioses. Los profetas luchan contra el culto de los dioses paganos y el sincretismo que ponía en peligro la fe de Israel. Afirman la impotencia y vanidad de los ídolos, Os 2, 7-15; Jr 2, 5-13, particularmente durante el Destierro, Is 40, 19-20, etc.

Yahveh es un Dios trascendente. Esta trascendencia de Dios la expresan sobre todo al decir que es “santo” uno de los temas favoritos de la predicación de Isaías, Is 6; Os 11, 9; etc. Está rodeado de misterio, Is 6: Ez 1. Sin embargo está muy cerca del hombre, por la bondad y ternura que demuestra con su pueblo, Os 2; Jr 2, 2-7; 3, 6-8; etc.

La moral según los profetas

A la santidad de Dios se opone la impureza del hombre, Is 6, 5, y por este contraste los profetas adquieren una aguda conciencia del pecado. En la predicación de Jeremías ocupa el centro; es una realidad que se ha extendido a toda la nación, Jr 13, 23, y que reclama el castigo de Dios, de tal forma que para el profeta el anuncio de la desgracia será un distintivo de la verdadera profecía, Jr 28, 8-9.

Para escapar del castigo hay que “buscar a Dios” Am 5, 4; Jr 50, 4; cumplir sus mandamientos, camina en rectitud, vivir en humildad, So 2, 3. Lo que Dios pide es una religión interior Jr 31, 31-34. Este espíritu debe animar toda la vida religiosa y las manifestaciones exteriores del culto, Is 1, 11-17: Jr 6, 20: Os 6, 6: Mi 6, 6-8.

La espera de la Salvación

Sin embargo, el castigo no es la última palabra de Dios, quien se reservará un “Resto”, Is 4, 3. En la visión de los profetas los dos planos del castigo inminente y del juicio postrero de Dios se superponen, y el “Resto” es a la vez el que se librará del peligro presente y se beneficiará de la salvación final, que será una verdadera felicidad inaudita: los dispersos de Israel y de Judá volverán a Tierra Santa, que será prodigiosamente próspera, Is 30, 23-26; 32, 15-17. Pero estas perspectivas suponen un clima espiritual: justicia y santidad, Is 29, 19-24, conversión interior y perdón divino, Jr 31, 31-34, conocimiento de Dios, Is 2, 3; 11, 9; Jr 31, 34, paz, gozo, Is 2, 4; 9, 6; 11 6-8; 29, 19.

Para restablecer y regir su reino sobre la tierra, el rey Yahveh tendrá un representante al que la unción le hará su vasallo; será el “ungido” de Yahveh, en hebreo su “mesías”. Este es el salvador que vislumbran los profetas, especialmente Isaías, Miqueas y Jeremías. El Mesías será del linaje de David, Is 11, 1, saldrá de Belén Efratá, Mi 5, 1, recibirá los títulos más grandiosos, Is 9, 5, y el Espíritu de Yahveh reposará sobre él, con todo el cortejo de sus dones, Is 11, 1-5.

Esta esperanza sobrevivió al derrumbamiento de los sueños del dominio terrestre y a la dura lección del Destierro, pero las perspectivas sufrieron un cambio: ningún descendiente de David se sentaba ya en el trono, e Israel se encontraba sometido a dominación extranjera. Ezequiel espera la venida de un nuevo David, pero le llama “príncipe” y no “rey”, y lo describe como mediador y pastor más que como soberano poderoso, Ez 34, 23-24; Zacarías anuncia la venida de un rey, pero éste será humilde y pacífico, Za 9, 9-10. Para el Deuteroisaías, el Ungido de Yahveh es Ciro, rey de Persia, Is 45, 1. Y este mismo profeta introduce otra figura de salvador, el Siervo de Yahveh, que es maestro de su pueblo y luz de las naciones y que predica con toda dulzura el derecho de Dios, Is 42, 1-7; 49, 1-9; 50, 4-9, y sobre todo 52, 13-53, 12. Finalmente Daniel ve venir sobre las nubes del cielo como un Hijo de hombre, que recibe de Dios el imperio sobre todos los pueblos, un reino que no pasará Dn 7.

La primera comunidad cristiana refirió todos estos pasajes proféticos a Jesús, quien concilió en sí mismo sus divergencias.

LOS LIBROS DE LOS PROFETAS

Se llama comúnmente “profetas escritores” a aquellos a quienes se les atribuye un libro en el canon de la Biblia. En estos libros encontramos tres clases de elementos: “dichos proféticos”, relatos e primera persona en que el profeta refiere su experiencia, en especial su vocación y relatos en tercera persona. Los pasajes en tercera persona indican un redactor distinto del profeta.

Es probable que los mismos profetas hayan escrito o dictado parte de sus profecías o el relato de sus experiencias, cf. Is 8,1; 30,8; Jr 30, 2; 51, 60; Ez 43, 11; Ha 2, 2. Una parte de esta herencia ha podido también conservarse fielmente por mera tradición oral entre los que rodeaban a los profetas o entre sus discípulos. Estos mismos medios conservaban recuerdos de la vida de cada profeta, y tales recuerdos incluían también oráculos; por ejemplo, las tradiciones sobre Isaías reunidas en los libros de los Reyes, 2 Re 18-20, y de allí trasladadas al libro de Isaías, Is 36-39, o bien, el relato del conflicto entre Amós y Amasias, Am 7, 10-17.

Partiendo de estos elementos, se han formado colecciones que reúnen los oráculos del mismo estilo o los trozos que tratan de un mismo tema, o que contrarrestan los anuncios de infortunio con promesas de salvación.

Los libros de los cuatro profetas “mayores” se colocan en el cano conforme a su orden cronológico, que es el que seguimos. La distribución de los doce profetas “menores” es más arbitraria.

Isaías

Nació hacia el año 765 a. C. El 740 (25 años) recibió en el Templo de Jerusalén la misión de anunciar la ruina de Israel y de Judá en castigo a las infidelidades del pueblo, 6, 1-13. Su nombre significa “Yahveh es Salvación”.
Ejerció su ministerio durante cuarenta años, dominados por la amenaza creciente que Asiria hizo pesar sobre Israel y Judá.

Se distinguen cuatro periodos entre los cuales se pueden distribuir los oráculos del profeta con mayor o menor seguridad:

1. Los primeros datan de los años que separan su vocación de la subida al trono de Ajaz el 736. Por entonces, a Isaías le preocupaba sobre todo la corrupción moral que la prosperidad habían traído a Judá, 1-5, en gran parte.

2. El rey de Damasco Rasón, y el rey de Israel, Pécaj, quisieron entonces arrastrar al joven Ajaz (Sur) a una coalición contra Teglatfalasar III, Rey de Asiria. Ante su negativa, le atacaron, y Ajaz recurrió a Asiria. Isaías trató en vano de contrarrestar esta política demasiado humana. De esta época datan el “libro de Emmanuel”, 7, 1-11, 9, en gran parte; 17, 1-6 y 28, 1-4. Fracasada su misión ante Ajaz, Isaías se retiró de la escena pública.

3. El recurso de Ajaz a Teglatfalasar puso a Judá bajo la tutela de Asiria y precipitó la ruina del Norte (721). Ezequías sucedió a Ajaz en Judá. Ezequías era un rey piadoso, animado de espíritu de reforma. Pero las intrigas políticas resurgieron y entonces se buscó apoyo en Egipto contra Asiria. Isaías, fiel a sus principios, quería que se rechazara toda alianza militar y se confiara en Dios. Se atribuyen a este comienzo del reinado de Ezequías 14, 28-32; 18; 20; 28 7-22; 29, 1-14; 30, 8-17. Después de la represión de la revuelta y conquistada Asdod por Sargón, 20, Isaías volvió a su silencio.

4. Salió de él el 705 cuando Ezequías se dejó arrastrar a una rebelión contra Asiria. Senaquerib asoló Palestina el 701. Pero el rey de Judá quiso defender Jerusalén. Isaías le apoyó en su resistencia y le prometió la ayuda de Dios: la ciudad fue salvada. De esta última época datan por lo menos los oráculos de 1, 4-9 (?); 10, 5-15. 27b-32; 14, 24-27 y los pasajes de 28-32 que no se han atribuido al periodo precedente. Nada más se sabe de la vida de Isaías después del 700. Según una tradición judía habría sido martirizado bajo Manasés.

Esta activa participación en los asuntos del país hace de Isaías un héroe nacional. Es también un poeta genial. El brillo de su estilo, la novedad de sus imágenes, le convierten en el gran “clásico” de la Biblia. Pero su grandeza es ante todo religiosa. Isaías quedó impresionado para siempre por la escena de su vocación en el Templo, donde tuvo la revelación de la trascendencia de Dios y de la indignidad del hombre: Dios es el Santo, el Fuerte, el Poderoso, el Rey. El hombre es un manchado por el pecado, del que Dios pide reparación.

El libro recibió todavía adiciones más considerables. Los c. 40-55 no pudieron ser elaborados por el profeta del siglo VIII. No sólo no se nombra jamás el nombre de Isaías, sino que hasta el marco histórico es posterior a él en un par de siglos: Jerusalén ha sido tomada, el pueblo se halla cautivo en Babilonia. Ciro aparece ya en escena y será el instrumento de la liberación.

Estos capítulos contienen la predicación de un anónimo, un continuador de Isaías, y un gran profeta como él, al que, a falta de algo más concreto, se le llama Deuteroisaías, o el Segundo Isaías. Predicó en Babilonia entre las primeras victorias de Ciro, el 550 a.C., que permitían presagiar la ruina del imperio babilónico, y el edicto liberador del 538, que autorizó los primeros regresos. Comienza con lo que equivale a un relato de vocación profética 40, 1-11, y finaliza con una conclusión, 55, 6-13. A tenor de sus primeras palabras: “Consolad, consolad a mi pueblo, 40, 1, se le llama “Libro de la Consolación de Israel”.

En el libro están incluidas cuatro piezas líricas, los “cantos del Siervo” 42, 1-4 (5-9); 49, 1-6: 50, 4-9 (10-11); 52, 13 – 53, 12. Presentan a un perfecto discípulo de Yahveh que predica la verdadera fe, que expía con su muerte los pecados del pueblo y es glorificado por Dios. Estos pasajes son de los más estudiados del AT y no hay acuerdo ni en cuanto a su origen ni en cuanto a su significación. Es probable que se haya escrito al fin del exilio.

La última parte del libro, caps. 56-66, ha sido considerada como obra de algún otro profeta al que se le ha llamado el “Trito Isaías”, el tercer Isaías. Por los datos que contiene, fue escrito después del regreso a Palestina (ss. VI-V) Hoy en día se reconoce generalmente que es una colección heterogénea.

Jeremías

Hacia el 650 a.C. nace Jeremías de una familia sacerdotal residente en los alrededores de Jerusalén. Llamado por Dios muy joven, el 626, el año trece de Josías, 1, 2, le tocó vivir el trágico periodo en que se preparó y se consumó la ruina del reino de Judá.
La reforma religiosa y la restauración nacional de Josías despertaron esperanzas que fueron destruidas por la muerte del rey en Meguiddó, el 609, y por el cambio del mundo oriental, la caída de Nínive el 612 y la expansión del imperio caldeo.
Desde el 605, Nabucodonosor impuso su dominio en Palestina, luego Judá se rebeló por instigación de Egipto que intrigaría hasta el fin y, el 597, Nabucodonosor conquistó Jerusalén y deportó una parte de sus habitantes.
Una nueva rebelión hizo volver los ejércitos caldeos, y el 587 fue tomada Jerusalén, incendiado el Templo y tuvo lugar la segunda deportación.
Jeremías atravesó esta dramática historia predicando, amenazando en vano a los reyes incapaces que se sucedían en el trono de David, acusado de derrotismo por los militares, perseguido y encarcelado.
Después de la toma de Jerusalén, y aún cuando se veía en los desterrados la esperanza del porvenir, Jeremías eligió permanecer en Palestina junto a Godolías, el gobernador nombrado por los caldeos. Pero este fue asesinado, y un grupo de judíos, temeroso de las represalias, huyó a Egipto llevándose a Jeremías. Probablemente murió allí.
Jeremías era de alma tierna, hecha para amar, y fue enviado para “extirpar y destruir, reconstruir y plantar”, 1, 10; le tocó sobre todo predecir desgracias, 20, 8. Tenía ansias de paz y hubo de estar siempre en lucha: contra los suyos, contra los reyes, los sacerdotes, los falsos profetas, contra todo el pueblo, 15, 10: Se vio desgarrado por la misión a que no podía sustraerse, 20, 9. Sus diálogos interiores con Dios están sembrados de gritos de dolor, 15, 18; 20, 14; etc.

Ezequiel

El libro de Ezequiel se presenta como un todo ordenado. Después de una introducción 1-3, el cuerpo del libro se divide en cuatro partes:
1. 4-24: contiene casi exclusivamente reproches y amenazas contra los israelitas antes del asedio de Jerusalén;
2. 25-32: Oráculo contra las naciones;
3. 33-39: el profeta consuela a su pueblo, durante y después del asedio, prometiéndole un porvenir mejor;
4. 40-48: prevé el estatuto político y religioso de la comunidad futura, restablecida en Palestina.
Esta construcción tan lógica encubre, sin embargo, grandes fallas. Hay muchos duplicados (3, 17-21 – 33, 7-9: 18, 25-29 – 33, 17-20, etc.). Las indicaciones sobre la mudez del profeta, 3, 26; 24, 27; 33, 32, están separadas por largos discursos. La visión del carro, 1, 4 – 3, 15, queda interrumpida por la visión del libro 2, 1-3,9; etc.
Tales fallas son difícilmente imputables a un autor que escribe su obra de una vez. Es mucho más probable que se deban a discípulos que trabajaron valiéndose de escritos o recuerdos, combinándolos y completándolos. Tal trabajo de redacción resulta perceptible en la última parte del libro, 40-48, cuyo núcleo, sin embargo, se remonta a Ezequiel.
Según el libro en su estado actual, Ezequiel ejerció toda su actividad con los desterrados de Babilonia entre los años 593 y 571, cf. 1, 2 y 29,17.
Ezequiel es un sacerdote, 1, 3. El Templo es su preocupación mayor, trátese del Templo presente, 8.10, o del Templo futuro 40-42. Guarda el culto de la Ley, y al hacer historia de las infidelidades de Israel, 20, repite como un estribillo el reproche de haber “profanado los sábados”. Tiene horror de las impurezas legales, 4, 14, y una gran preocupación por separar los sagrado de los profano, 45, 1-6. Como sacerdote que era, resolvía casos de derecho moral y por esta razón su enseñanza adquiere un tono casuístico, 18.
Pero este sacerdote también es profeta de acción. Más que ningún otro, ha multiplicado las acciones simbólicas. Remeda con gestos el asedio de Jerusalén, 4, 1-5,4, la salida de los emigrantes, 12, 1-7, al rey de Babilonia en la encrucijada 21, 23s, la unión de Judá e Israel, 37, 15s. Él mismo es una “señal” para Israel, 24, 24.
Es un profeta visionario: 1-3; 8-11; 40-48, describen un mundo fantástico, pintado con fuerte poder imaginario, que se extiende incluso a los cuadros alegóricos del libro 23, 27; 29; 31 y 32.
En su doctrina, Ezequiel abre un camino nuevo. Rompe con el pasado de su nación. El recuerdo de las promesas hechas a los Padres y de la Alianza aparece esporádicamente; pero si Dios ha salvado hasta el presente a su pueblo manchado desde su nacimiento, 16, 2s, no lo ha hecho para cumplir las promesas, sino para defender la honra de su nombre, 20: si ha de sustituir la Alianza antigua con una Alianza eterna, 16, 60; 37, 26s, no lo hará en premio de una “vuelta” del pueblo hacia el, sino por su benevolencia, 16, 62,-63. Anuncio un futuro David, pero éste no será más que “pastor” de su pueblo 34, 23; 37, 24, un “príncipe”, 24, 24, y no un rey. Afirma la retribución individual, 18, en vez de la solidaridad en el castigo. La doctrina de Ezequiel se centra en una renovación interior: hay que hacerse un corazón nuevo y un espíritu nuevo, 18,31, o mejor, Dios mismo dará “otro” corazón, un corazón “nuevo” y pondrá en el hombre un espíritu “nuevo”, 11, 19; 36, 26.

Daniel

El libro de Daniel se divide en dos partes. Los capítulos 1-6 son narrativos: Daniel y sus tres compañeros al servicio de Nabucodonosor. Las escenas suceden en Babilonia, en los reinados de Nabucodonosor, de su “hijo” Baltasar y del sucesor de éste, “Darío el medo” Las caps 7-12 son visiones cuyo beneficiario es Daniel.
La fecha de la composición del libro queda fijada por el testimonio del cap. 11. Las guerras Seléucidas y Lágidas y una parte del reinado de Antíoco Epífanes se narran en él con gran lujo de detalles insignificantes para el propósito del autor. Este relato no se parece a ninguna profecía del AT y a pesar de su estilo profético, refiere sucesos ya ocurridos.

Pero a partir de 11, 40 cambia el tono: se anuncia el “Tiempo del fin” de una manera que recuerda a los otros profetas. El libro, habría sido compuesto en durante la persecución de Antíoco Epífanes y antes de la muerte de éste, incluso antes de la revolución macabea, es decir, entre el 167 y el 164.

Lamentaciones

Las Lamentaciones 1, 2 y 4 pertenecen al género literario de las endechas fúnebres, 3 es una lamentación colectiva (en el texto latino “Oración de Jeremías”). Probablemente fueron compuestas en Palestina después de la ruina de Jerusalén el 587. Parecen obra de un solo autor que describe en términos patéticos el duelo de la ciudad y de sus moradores, pero de estos dolorosos lamentos brota un sentimiento de invencible confianza en Dios y de hondo arrepentimiento que constituye el valor permanente de la obrita.

Baruc

En el canon se agrega un pequeño y bellísimo libro de Baruc, en hebreo "Bendito", cuyo texto original se ha perdido, pero que nos ha llegado en la versión griega de los Setenta, cuyos autores, judíos, lo admitían por lo tanto, como auténtico y canónico.
El libro de Baruc contiene una plegaria de confesión y de esperanza, 1, 15-3, 8: un poema sapiencial, 3, 9-4,4 donde la sabiduría es identificada con la Ley; una pieza profética, 4, 5 -5,9, donde Jerusalén personificada profiere unas quejas a los desterrados y donde el profeta la anima con la evocación de las esperanzas mesiánicas.

La fecha de composición más probable es a mediados del siglo I a.C.
Esta colección heterogénea que lleva el nombre de Baruc es interesante porque hace una introducción en las comunidades de la Dispersión y muestra como se conservaba en ella la vida religiosa por medio de relaciones con Jerusalén, la oración, el culto de la Ley, el espíritu de desquite y los sueños mesiánicos.

Los Profetas Menores

El último libro de canon hebreo de los Profetas se denomina simplemente “los doce”. Agrupa, en efecto, doce pequeñas obras atribuidos a diferentes profetas. La traducción sigue la disposición tradicional de la Vulgata (y del hebreo), per aquí se presenta los libros según el orden histórico.

Amos

Amos, vivía en la aldea de Tecoa, que estaba situada a unos 8 kilómetros al sudeste de Belén y cerca de 20 km al sur de Jerusalén. Amos era pastor de Tecoa en el límite del desierto de Judá 1,1; extraño a las hermandades de los profetas, fue tomado por Yahveh de detrás de su rebaño y enviado a profetizar a Israel, 7, 14 o como el mismo se describe "soy boyero y cultivador sicómoros". No era un profeta reconocido, sino un campesino que sintió el llamado de advertir a su nación de la ruina que su comportamiento le acarrearía. Profetiza en el norte (Israel) durante un breve período, que tuvo como marco el santuario cismático de Betel (7, 10-13) en el reinado de Jeroboam II (783-743 a.C.) y durante el tiempo de Uzias (780-740).
El reinado de Jeroboam fue una época gloriosa humanamente hablando, pero en la que el lujo de los grandes era un insulto para la miseria de los oprimidos, mientras que el esplendor del culto encubre la ausencia de una religión verdadera. Predicó con la rudeza sencilla y noble, y con la riqueza de las imágenes de un hombre de campo.
Amós condena en nombre de Dios la vida corrompida de las ciudades, las injusticias sociales, la falsa seguridad que se pone en los ritos en que el alma no se compromete, 5, 21-22.
Yahveh, soberano Señor del mundo, que castiga a todas las naciones, 1-2, castigará duramente a Israel, obligado por una mayor justicia moral, 3, 2.
El “Día de Yahveh” será tinieblas y no luz, 5, 18s, la venganza será terrible, 6, 8s, ejecutada por un pueblo llamado por Dios, 6, 14; Asiria, que, sin ser nombrada, ocupa, sin embargo, el horizonte del profeta. Con todo, Amós abre una pequeña esperanza, la perspectiva de una salvación para la casa de Jacob, 9, 8, para el “resto de José” 5, 15.

Óseas

Óseas, hijo de Beori, oriundo del Reino del Norte, es contemporáneo de Amós, ya que comenzó a predicar bajo Jeroboam II; su ministerio se prolongó bajo los sucesores de aquel Rey; pero no parece que haya visto la ruina de Samaria el 721.
Fue un periodo sombrío para Israel; conquistas asirias del 734-732, revueltas interiores; cuatro reyes asesinados en quince años (Uzías, Jotam, Acaz y Ezequías) corrupción religiosa y moral. Contemporáneo, al parecer de Isaías, Amos, Miqueas, Óseas, como del 786 al 725 a.C.

El libro relata un paralelismo entre la vida privada de Óseas y su relación con una esposa infiel y adultera, Gomer, y la relación de Israel con Dios (1-3), la dolorosa experiencia del profeta se convierte en símbolo de la conducta de Yahveh con su pueblo y la conciencia de este simbolismo bien pudo modificar la presentación de los hechos.

El profeta condena las injusticias y violencias, pero insiste más en la infidelidad religiosa: Yahveh es un Dios celoso, que no quiere compartir con nadie el corazón de sus fieles: “Porque yo quiero amor, no sacrificio; conocimiento de Dios, más que holocaustos” (6, 6) El castigo, por ello, es inevitable, sin embargo, Dios no castiga más que para salvar. Israel despojado y humillado, se acordará del tiempo que era fiel, y Yahveh acogerá a su pueblo arrepentido, que gozará de dicha y paz (6, 7-11).
Yahveh cuidó a Israel desde cuando era pequeño (11, 1s).

El libro de Oseas tuvo profundas resonancias en el AT. La imagen matrimonial de las relaciones entre Yahveh y su pueblo la han repetido Jeremías, Ezequiel y la segunda parte de Isaías. El NT y la comunidad nacida de él la han aplicado a las relaciones entre Jesús y su Iglesia. Los místicos cristianos la han extendido a todas las almas fieles.

Miqueas

Procedía de la ciudad de Moreset (cerca de Gat) a unos 30 km al sudoeste de Jerusalén, al oeste de Hebrón. En 1, 1 señala profetizó en los días de los reyes de Ajaz y Ezequias antes y después de la toma de Samaria 721 y quizá hasta la invasión de Senaquerib el 701. Fue contemporáneo de Oseas y de Isaías. Por su origen campesino, se asemeja a Amós, con quien comparte la aversión a las grandes ciudades, el lenguaje concreto y a veces brutal, el gusto por las imágenes rápidas y los juegos de palabras.

El libro se divide en cuatro partes, donde alternan amenazas y promesas:
1. Proceso de Israel 1, 2 – 3, 12;
2. Promesas a Sión 4, 1 – 5, 14;
3. Nuevo proceso a Israel 6, 1 – 7, 7;
4. Esperanzas 7, 8-20.

Nada se sabe sobre la vida de Miqueas, ni como fue llamado por Dios; pero tenía una conciencia viva de su vocación profética, y por ello, a diferencia de los seudo inspirados, anuncia con seguridad la desdicha, 2, 6-1; 3, 5-8.
Es portador de la palabra de Dios y ésta es ante todo una codena. Yahveh pone pleito a su pueblo, 1,2; 6, 1s, y lo encuentra culpable; pecados religiosos, y sobre todo pecados morales; Miqueas fustiga a los ricos acaparadores, a los acreedores despiadados, a los comerciantes fraudulentos, a las familias divididas, a los sacerdotes y a los profetas codiciosos, a los jefes tiranos, a los jueces vendidos. El castigo está decidido, 1, 2-4; vendrá Yahveh a Juzgar y a castigar a su pueblo, vendrá la ruina de Samaria, 1, 6-7, la de las ciudades de la Tierra Baja donde vive Miqueas, 1, 8-15 y de la misma Jerusalén que se convertirá en un montón de escombros 3,12.
Sin embargo el profeta conserva una esperanza, 7,7s.; habla de una doctrina del resto y anuncia el nacimiento en Efratá del rey pacífico 5, 1-5.


Sofonías

Profetizó en tiempos de Josías, 640-609. Sus ataques contra las costumbres extranjeras, 1, 8, y los cultos de los falsos dioses, 1, 4-5, sus censuras a los ministros, 1, 8, y su silencio respecto del rey indican que predicó antes de la reforma religiosa y durante la minoría de Josías, entre el 640 y 630.
El libro se divide en cuatro breves secciones:
1. El Día de Yahveh 1,2 -2, 3;
2. Contra las naciones, 2 4-15;
3. Contra Jerusalén, 3, 1-8;
4. Promesas, 3, 9-20
El mensaje de Sofonías se resume en un anuncio de Día de Yahveh, una catástrofe que alcanzará a las naciones tanto como a Judá.
A Judá se le condena tanto por sus culpas religiosas y morales, inspiradas por el orgullo y la rebeldía 3, 1-11.
Sofonías posee del pecado una noción profunda que anuncia la de jeremías; es un atentado personal contra el Dios vivo. El castigo de las naciones es una advertencia, 3, 7. Que debería llevar al pueblo a la obediencia y a la humildad, 2, 3, y la salvación sólo se promete a un “resto” humilde y modesto, 3, 12-13. El mesianismo de Sofonías se reduce a este horizonte, ciertamente limitado, pero que descubre el contenido espiritual de las promesas.

Nahúm

El libro de Nahúm comienza con un salmo sobre la Cólera de Yahveh contra los malos y con sentencias proféticas que se contraponen el castigo de Asur y la salvación de Judá, 1, 2-2,3, pero el tema principal indicado por el título es la ruina de Nínive, anunciada y descrita con un poder de evocación que hace de Nahúm uno de los grandes poetas de Israel, 2, 4 – 3, 19.
La profecía, es algo interior a la conquista de Nínive, el 612. Se siente vibrar aquí toda la pasión de Israel contra el enemigo hereditario, el pueblo de Asur; se oye cantar a las esperanzas que despierta su caída. La ruina de Nínive es un juicio de Dios que castiga al enemigo del plan divino, 1, 11; 2, 1, al opresor de Israel, 1, 12-13, y de todos los pueblos, 3, 1-7.

Habacuc

El corto libro de Habacuc está compuesto con mucho cuidado. Se inicia con un diálogo entre el profeta y Dios: a dos quejas del profeta responden dos oráculos divinos, 1, 2 -2, 4. El segundo oráculo fulmina cinco imprecaciones contra el opresor inicuo, 2, 5-20. Luego el poeta canta en salmo el triunfo final de Dios, 3.

Se discute las circunstancias de la profecía y la identificación del opresor. Se ha pensado en los asirios o en los caldeos, y hasta en el rey de Judá, Yoyaquim. Si se acepta que los opresores representan a los asirios, contra ellos sin duda levanta Dios a los caldeos, 1, 5-11, y la profecía se situaría antes de la caída de Nínive, el 612.

Se puede también admitir que los opresores son del principio al fin los caldeos, mencionados en 1, 6. En este caso el libro se dataría entre la batalla de Karkemis, el 605, que dio a Nabucodonosor el Próximo Oriente, y el primer asedio de Jerusalén, el 597. Así Habacuc sería muy poco posterior a Nahúm y contemporáneo de Jeremías.
Aporta una nueva doctrina: se atreve a pedir a Dios cuenta de su gobierno del mundo. Ciertamente Judá ha pecado, pero ¿por qué Dios, que es santo, 1,2, que tiene ojos demasiado puros para ver el mal, 1, 13, escoge a los caldeos bárbaros para ejercer su venganza?, ¿por qué ha de castigar al malo otro peor que él? Es el problema del Mal, planteado en el plano de las naciones. La respuesta divina afirma que por caminos paradójicos el Dios omnipotente prepara la victoria final del derecho, y “el justo por su fidelidad vivirá”, 2, 4.

Ageo

Con Ageo comienza el último periodo profético, el posterior al destierro. Ageo llega en un momento decisivo para la formación del Judaísmo; el nacimiento de la nueva comunidad de Palestina. Sus breves exhortaciones están fechadas con exactitud a finales de agosto o mediados de diciembre del 520. Los primeros judíos vueltos de Babilonia para reconstruir el Templo se desanimaron en seguida. Peros los profetas Ageo y Zacarías reavivaron las energías e indujeron al gobernador Zorobabel y al sumo sacerdote Josué a proseguir los trabajos del Templo, lo que se hizo en septiembre del 520, 1, 15: cf. Esd 5, 1.
Se cree que era levita que regresó a Jerusalén del cautiverio babilónico con Zorobabel. Durante el segundo año del reinado de Darío de Persia (520 A.C), dos profetas predicaron y escribieron la esencia de sus mensajes: Ageo (Ag 1:1) y Zacarías (Zac.1:1).
Este es el objetivo de las cuatro breves sermones que componen el libro; Dios ha echado a perder los frutos de la tierra porque el Templo sigue en ruinas, pero su reconstrucción traerá una era de prosperidad; a pesar de su modesta apariencia, este nuevo Templo eclipsará la gloria del antiguo, y se promete el poderío a Zorobabel, el elegido de Dios.

Zacarías

El libro de Zacarías se compone de dos partes muy distintas: 1-8 y 9-14. Tras una introducción, fechada en octubre – noviembre del 520, el libro refiere ocho visiones del profeta que comienza en febrero del 519, 1, 7-6, 8, seguidas de la coronación simbólica de Zorobabel, 6, 9-14. El cap. 7 es una ojeada retrospectiva al pasado nacional, y el cap. 8 abre perspectivas de salvación mesiánica, ambos a propósito de un problema sobre el ayuno, planteando en noviembre del 518.
Zacarías se preocupa, como Ageo, de la reconstrucción del Templo, de la restauración nacional y sus exigencias de pureza y moralidad. Esta restauración ha de abrir una era mesiánica en que el sacerdocio representado por Josué será exaltado, 3, 1-7, pero en el que la realeza será ejercida por el “Germen”, 3, 8, término mesiánico que 6, 12 aplica a Zorobabel. Los dos Ungidos, 4, 14, gobernarán en perfecta armonía 6, 13. Así, Zacarías resucita la vieja idea del mesianismo real, pero la asocia a las preocupaciones sacerdotales de Ezequiel.
La segunda parte, 9-14, que comienza con un título nuevo, 9, 1, es del todo diferente. Las piezas no tienen fecha y son anónimas. El estilo es diferente y utiliza con frecuencia los libros anteriores, sobre todo Jr y Ez. El horizonte histórico ya no es el mismo; Asur y Egipto vienen a ser nombres simbólicos de todos los opresores.
Estos capítulos han sido compuestos con gran probabilidad en los últimos decenios del siglo IV a.C., después de la conquista de Alejandro.
Se distinguen dos secciones, introducidas cada una de ellas por un título, 9-11 y 12-14; la primera está casi en su totalidad en prosa, la segunda casi enteramente en prosa. La primera se vale al parecer de antiguos trozos poéticos, preexílicos, y se refieren a sucesos de historia que es difícil de precisar. La segunda parte, 12, 14, describe con terminología apocalíptica las pruebas y las glorias de la Jerusalén de los últimos tiempos.
Esta parte del libro es importante sobre todo por su doctrina mesiánica, poco unificada por lo demás; resurgimiento de la Casa de David, 12, espera de un Mesías humilde y manso, 9,9-10, pero anuncio misterioso del Traspasado, 12, 10, teocracia guerrera, 10, 3 – 11, 3. Pero también cultual al estilo de Ezequiel, 14. Estos rasgos se armonizarán en la persona de Cristo; cfr. Mt 21, 4-5; 27, 9; 26, 31 = Mc 14, 27; Jn 19, 37.

Malaquías

Su nombre significa "Mi mensajero". Profeta y autor del último libo del Antiguo Testamento; solo se le conoce por este escrito, no hay referencia sobre su persona.
Contenido:

1. El amor que Dios manifestó a Israel al escoger a Jacob y no a Esaú no es correspondido.
A) Los sacerdotes en las ofrendas, al presentar estos la peor en su ofrenda para Dios; Amenaza de castigo sobre los sacerdotes que infringen la Ley de Dios, observado en el pasado.
B) Denuncia de los matrimonios mixtos con paganos y del repudio de los esposas legítimas. Dios establece que aborrece el repudio en el matrimonio.
2. Anuncio de la venida del Mesías y un enviado antes de Él. Tal vez el más importante versículo, por la referencia Mesiánica del libro: "He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mi y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis, y el ángel del pacto, a quien deseáis vosotros." Malaquias 3:2.
3. Llamamiento al arrepentimiento, por cuanto el Señor vendrá para bendecir, para juzgar a aquellos que dicen que es en vano servir a Dios. Exhortación a recordar la Ley de Moisés, anuncio de la venida de Elías, que preparará el día de Yahveh.
Cuando la profecía de Malaquías fue proclamada, los judío no tenían rey, sino un gobernador (Malaquías 1:8 "tu príncipe".), seguramente nombrado por el rey de Persia (Nehemías 5:14). El templo de Zorobabel existía ya y se ofrecían holocaustos sobre el altar como en los tiempos antiguos (Malaquías 1:7-10). Así Malaquías es evidentemente posterior a Hageo y a Zacarías. El 433 A.C Nehemías fue llamado a la corte de Persia. Es posible que Malaquías redactara entonces su profecía. Así, la fecha de redacción se sitúa probablemente alrededor del 433 o 432 A.C. Transcurrirá un período de 400 años entre el último libro del Antiguo Testamento y los acontecimientos que narra el Nuevo Testamento.

Abdías

Anunció la destrucción de Edom, nación que fue hostil a Israel. El libro no menciona fechas pero se describe en los versos 11 y 14 una época de derrota de Jerusalén. Por haber participado en esta derrota del pueblo de Israel, juntamente con sus enemigos se profetiza la destrucción de Edom. El libro termina con un tenor escatológico. Es el libro mas pequeño del Antiguo Testamento, consta de un solo capitulo.

Joel

Se atribuye su autoría al mismo profeta Joel hijo de Petuel, aunque no se conoce mucho en cuanto a la vida del profeta ni a la fecha de esta Escritura, pero se la fecha quizás en el siglo en el siglo IX a.c., aunque no hay datos definidos sobre el tiempo en que vivió o en que escribió el profeta. Se pueda añadir que muchos profetas usaron pasajes del libro de Joel. El libro de Joel, hablo de los tiempos finales, con un tenor similar al libro del Apocalipsis en el Nuevo Testamento. Joel compara una invasión de langostas con un ejército y la devastación que este provoca, con los juicios de Dios. En el Nuevo Testamento es citado el profeta Joel en el libro de Hechos 2:16-21.

Jonás

Este libro difiere de todos los demás libros proféticos. Es una simple narración: cuenta la historia de un profeta desobediente que primero quiere sustraerse de su misión y que luego se queja a Dios del éxito esperado de su predicación.

El héroe a quien se atribuye esta aventura un tanto extraña es un profeta contemporáneo de Jeroboam II, mencionado en 2 R 14,25.

Pero esta pequeña obra no se presenta como obra suya, y en efecto no puede serlo. Nínive, destruida el 612, ya no es más que un lejano recuerdo, el pensamiento y la expresión deben mucho a los libros de Jeremías y Ezequiel y el lenguaje es posterior. Todo invita a situar la composición después del Destierro, en el curso del siglo V. El Salmo 2, 3-10 es muy probamente interpolado.

Esta fecha pone en guardia contra una interpretación histórica. Esta queda descartada también por otros argumentos:

Dios puede cambiar los corazones, pero la súbita conversión del rey de Nínive y de todo su pueblo al Dios de Israel habría dejado huellas en los documentos asirios y en la Biblia. Dios también es Señor de las leyes de la naturaleza, pero los prodigios se acumulan aquí a modo de “jugarretas” que Dios hace al profeta: la súbita tempestad, Jonás designado por la suerte, el pez monstruoso, el ricino que crece en una noche y se seca en una hora; y todo ello referido con una ironía sin rebozo, muy ajena al estilo histórico.

El libro se propone agradar y también instruir. Rompe con una interpretación estrecha de las profecías, afirmando que las amenazas, aun las más categóricas, son expresión de una voluntad misericordiosa de Dios, que sólo espera alguna muestra de arrepentimiento para conceder su perdón. Supera el particularismo en el que se veía tentada a encerrarse la comunidad postexílica, predicando un universalismo extraordinariamente abierto.

Se supone que se está a un paso del NT: Dios no es solamente el Dios de los Judíos, es también el Dios de los paganos.

Biblia de Jerusalén, Desclee de Brouwer, Bilbao, 2009.

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